Colombia gana 5 a 0 a Argentina el 5 de septiembre de 1993. Victoria legendaria para la selección. Fotografía de Henry Agudelo Cano.

Buenos tiempos

Capítulo 11 del libro El ojo de dios: la historia del fotoperiodista Henry Agudelo.

Colombia gana 5 a 0 a Argentina el 5 de septiembre de 1993. Victoria legendaria para la selección.

FOTOGRAFÍA DE HENRY AGUDELO CANO.

–Usted está muy joven. Yo lo hacía más viejo –te dice Juanita Santos, editora general del periódico El Tiempo cuando te plantas frente a ella un lunes de febrero.

«Yo también estaba cagado de miedo precisamente por eso: por mi edad. Era muy joven frente a los grandes fotógrafos veteranos que estaban en el periódico El Tiempo: Jorge Parra, Lelio Pinzón, el maestro Carlos Caicedo, Nereo López, Guillermo Torres. Todos ellos ya estaban pasados de años y yo temía fracasar», dices.

Te recibe un amigo llamado León Darío Peláez, que trabaja con Presidencia de la República haciéndole fotos al presidente César Gaviria. Vives con él en Chapinero Alto. A los pocos días te enfermas. Cuando puedes, llamas a Elizabeth para desahogarte, decirle que quieres regresarte a Medellín, que Bogotá es una ciudad maluca, que los vecinos son antipáticos y los fríos capitalinos te hacen mantener encerrado.

No tienes amigos. Las noches son aburridas y monótonas. «Solo llegar al trabajo me despejaba un poco porque me daba fortalezas y ánimos. Coger una cámara y salir a la calle. Me olvidaba de todo lo que iba a suceder en la noche. Para mí la noche era una pesadilla», dices.

El único consuelo es el salario –ganas el triple del sueldo que recibías en El Mundo–, y la proyección profesional que quizá logres, tratándose del periódico más antiguo, grande y poderoso del país. «En aquellos días se decía que lo que no salía en El Tiempo era porque no existía», dices.

Con ese sueldo lograrás comprar una casa en la capital y un vehículo Renault 9. «Es que lo pienso bien y no era el triple, sino como cuatro o cinco veces lo que me ganaba en el periódico El Mundo. Elizabeth y yo nos quedamos boquiabiertos porque era mucha plata. Podía pagarme un buen alquiler. También tenía prima de aquello y prima de lo otro durante todo el año. De verdad que el salario era una cosa de locos –dices–. También había restaurante donde tenía derecho a dos comidas diarias, desayuno y almuerzo, o almuerzo y comida. Cuando llegué al periódico, golié comiendo tres veces al día».

 Descubres la competencia descarnada y la deslealtad en tu propio equipo de trabajo: «La envidia y los celos. Me han dicho que eso está en todo lado, pero no pensé conocerlo del modo en que lo conocí en El Tiempo. Es que sufrí un verdadero sabotaje. Me destapaban la cámara para que se me velaran los rollos. Me engrasaban los lentes por la parte trasera para que la fotografía me saliera borrosa. A veces me rayaban las películas. Fue algo pesado. Con el paso del tiempo fui buscando estrategias para dar solución a esos sabotajes», dices.

Uno de tus adversarios se llama Miguel Díaz, el más veterano. Reconoces que es un gran fotógrafo, pero más huraño que tú. «No le podías preguntar nada porque te miraba con desprecio, como diciéndote con la mirada: “¿usted no sabe pues de fotografía?, entonces qué hace aquí”», dices.

Pasan los meses. Entre cervezas les comentas a algunos colegas que piensas regresar a Medellín y Juanita Santos se entera. Ella te cita a su oficina y te persuade de no dejar El Tiempo. «Vienen cosas buenas para ti», te dice. Te ofrece un préstamo para comprar un vehículo y un viaje a Buenos Aires para que cubras el encuentro entre las selecciones de Colombia y Argentina en las eliminatorias del Mundial de Fútbol Estados Unidos 1994. Así te convence.

«Me mandaron con el jefe de redacción, que era Francisco Pacho Santos y dos periodistas, Germán Blanco y Víctor Rosas. Meléndez, un compañero fotógrafo, me recomendó con un argentino, Tony Fernández, que me pegó tremendo susto porque al saludarme me dio un beso en cada mejilla. Luego entendí que así se saludaban en Argentina. Tony tenía un laboratorio y yo lo contacté apenas llegué a Buenos Aires. Me llevé parte del trabajo para la oficina de Tony y, como también llevaba químicos, creé un laboratorio alternativo en el baño de la habitación del hotel para el revelado de las fotografías. Desde el hotel podía transmitir», dices.

Llegan el día previo al partido. Al anochecer, Pacho Santos se acerca a la habitación donde te hospedas con los otros dos periodistas y dice:

–¡Organícense pues que nos vamos!

–¿Cómo así, Pacho, para dónde vamos? –le respondes.

–A escuchar tango y tomarnos unos tragos.

–No, Pacho, yo no quiero ir porque quiero estar bien para mañana.

–Ah, vos es que sos güevón. Vamos, vamos a dar una vuelta.

Para evitarlos te escabulles. Sales a dar una vuelta y caminas solo por las calles de Buenos Aires. Cuando regresas encuentras que ya no están. Comes y te acuestas a dormir. A las siete y treinta de la mañana llegan los tres periodistas borrachos. El partido es ese mismo día a las tres y media de la tarde.

«Me contaron que Pacho Santos había provocado una bronca con los hinchas argentinos. Que se había bajado los pantalones. En esa época estaba de moda esa bajada de pantalones tan famosa del profesor Antanas Mockus, rector de la Universidad Nacional», dices.

Te alegras de no haberlos acompañado. Estarías enguayabado y eso podría afectar tu rendimiento como fotógrafo. Al entrar al estadio Monumental y sentirlo atestado de una multitud abrumadora, tu mente y tu cuerpo son recorridos por aquella extraña energía que te provocan pálpitos en el corazón y estremecimientos en el estómago.

«Ese estadio irradia fútbol al doscientos por ciento. Es una energía poderosa, una fe, una religión. Solo cuando uno está en un estadio de Argentina comprende que allí el fútbol está primero que la religión. Es una cosa impresionante», dices.

Tienes que decidir qué lado de la cancha cubrirás con tu lente: para donde ataca Argentina o para donde ataca Colombia. «Se supone que soy colombiano, ¿no? Me hice entonces para donde ataca Colombia. Una vez allí, miré a mi alrededor y vi que los demás fotógrafos estaban al otro lado. “Qué vaina”, pensaba, “donde pierda Colombia no voy a tener las imágenes del resultado” –dices–. Cuando ¡tan! Primer gol. Logro la foto del gol y la celebración. ¡Tan! Segundo gol, hijueputa. ¡Tan! Tercer gol. Y ahí es donde me dije: “Ey, yo también soy colombiano”. Y después de hacer clic empecé a celebrar. Ahí entendí que los argentinos no iban a ser capaces de cambiar el marcador. Uno como fotógrafo debe abstenerse de celebrar porque si desde la tribuna se dan cuenta de que eres colombiano celebrando goles de los colombianos empiezan a arrojarte cosas. Pero no fui capaz de contenerme y en cada nuevo gol saltaba. Aún la hinchada de Argentina seguía presionando para que su equipo empatara. Pero llegó el cuarto gol, justo cuando me había acercado al director técnico Pacho Maturana, y ahí es donde logro capturarlo. Pacho se echó hacia atrás levantando la boca en una tremenda carcajada en la que se le veían todas las calzas. Tin, así quedó en la foto. Ya en el quinto gol solo se escuchaban aplausos por parte de la hinchada argentina».

Vas al hotel para transmitir las imágenes. Debes buscar cables de teléfono para pegarte con un sistema de pequeños ganchos o caimanes. La red telefónica tendida entre Colombia y Argentina permitirá que las imágenes viajen mediante impulsos conmutados. Cualquier llamada que entre en ese momento interrumpe la transmisión y hay que empezar desde cero. Por eso avisas a los empleados del hotel para que no te pasen llamadas mientras transmites las imágenes.

Es de noche y han pasado dieciséis días desde que pisaste suelo argentino. Es hora de volver. Estás de regreso en el avión con los jugadores de la Selección Colombia. Risas, burlas, alegrías. Se respira felicidad en ese avión. El pasillo del avión se convierte en una pasarela, todos yendo a la cocinita a chupar whisky. Regresas al asiento para darle un sentido abrazo al Pibe Valderrama.

«Aún conservo la foto del Pibe Valderrama con un whisky en la mano. Estábamos realmente felices. Y yo estaba mucho más feliz, diciéndome: “si estos hijueputas ganaron yo gané también”. Hice un trabajo ni el verraco. Pero ahí fue donde vino la debacle. No para ellos, para mí, Henry Agudelo. Vino un momento muy amargo, muy triste. Porque en medio de esa felicidad tan grande, y de esa medioborrachera que ya traíamos, llegó Pachito Santos y me quitó el equipo de fotografía. El maletín con el equipo trasmisor donde guardaba mis negativos y el computador portátil, y empezó de allí para acá dentro del avión, diciendo: “vean estas fotos tan hijueputas que hizo este güevón de Agudelo”. Y mostrándoles a los jugadores de la selección. Todos en el avión eran emocionados mirando el trabajo fotográfico. Cuando el avión aterrizó en Bogotá y me asomo a la ventanilla, yo no veía sino cabecitas del gentío tan hijueputa que había. La multitud de gente que llegó para rodear a la Selección Colombia. Abrieron la puerta de atrás y se metió en el avión el presidente César Gaviria con todos sus escoltas. Saludó a cada jugador mientras yo me arrinconé en mi asiento para hacer fotos de César Gaviria saludando a los jugadores. Siguió hacia adelante para bajarse por la puerta delantera y salir con los jugadores de la selección y saludar a los que estaban esperando abajo. Me quedé quieto hasta que empezó a bajarse todo el mundo. Mi misión era bajarme y llegar al periódico para llevar el resto del material».

Llegas al edificio del periódico. Subes en el ascensor y te bajas en el cuarto piso. Ves una hilera de gente, todos esperándote. Te aplauden. Te abrazan. Como si tú hubieses ganado el partido. Observas al fondo la figura de una mujer en embarazo junto a un niño rubio. Es Elizabeth y tu hijo Cristhian. Se te acerca Enrique Santos Castillo, el patriarca del periódico El Tiempo, padre de Juan Manuel, Juanita y Enrique Santos Calderón.

«Era un señor muy alto. Se me acercó, me abrazó y me dio un beso en la frente. “¡Qué gran trabajo, felicitaciones! Mañana saldrá tu foto en una página completa contando ese hecho histórico”, me dijo».

Pasas a la oficina de Juanita y allí te sirven whisky.

–Tenemos una mala noticia –te dice Juanita.

–¿Qué pasó? –preguntas.

–A Pacho le robaron el equipaje.

Es decir, le robaron los negativos del material fotográfico que lograste en el partido del cinco a cero en Argentina. La otra mala noticia es que tú tienes que poner el denuncio. Piensas que no hay felicidad completa y que Pacho Santos es un irresponsable. Desde entonces, cada que recuerdas aquel apoteósico partido, símbolo del orgullo patrio colombiano, vendrán a tu mente las embarradas de Francisco Santos Calderón.

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