Sombra en la ventana

Por: Róbinson Úsuga Henao

A muchas personas viejas y solitarias no les queda otra cosa en la vida que andar asomadas a las ventanas. Al menos eso pensaba Eric, un tipo de mediana edad que residía en un edificio anticuado del centro de la ciudad, que tenía gruesas y verdosas paredes.

Un inmueble de apartamentos espaciosos donde los propietarios eran ancianos jubilados que se la pasaban mirando hacia afuera. Se asomaban a las ventanas cuando escuchaban un carro frenar en la calle; se asomaban cuando llegaba el cartero; cuando tronaban pasos en las escaleras, e incluso, cuando percibían un silencio perturbador.

Eric era la persona más joven que habitaba el edificio y creía que por ese motivo desconfiaban de él, que lo tenían vigilado. Cada que entraba o salía, percibía las narices asomadas por las rendijas de las ventanas, y esos ojillos que seguían sus movimientos desde el otro lado.

Un miércoles Eric abandonó el apartamento cerca de las cinco de la tarde; echó llave a la puerta y al empezar a bajar los escalones hacia el primer nivel, vio de reojo la silueta de su vecina Telma asomada a la ventana.

«Vieja metiche», pensó. Y se acercó al ventanal para que ella notara su presencia.

La cegatona Telma se echó para atrás, como queriendo pasar desapercibida.

–Hasta pronto, señora Telma –dijo él con ironía.

–Que le vaya bien, joven –respondió ella, algo tensa.

Eric salía para un encuentro inesperado. Su amiga Ágata, con quien tuvo un romance en un tiempo que para él era ya lejano, le había llamado, pidiéndole un urgente encuentro. Quedaron de verse en el Café Bocas, que estaba situado frente a aquel enorme edificio residencial llamado La Gran Manzana.

Eric llegó diez minutos antes. En el lugar había buena música. Pidió una limonada de pepino y se instaló arriba, junto a la ventana; desde allí podía ver La Gran Manzana y pensar en Ágata. En algún cubículo de aquel ancho y elevado edificio vivía su vieja amiga. ¿Qué había sido de ella? ¿Por qué le llamó así, de sorpresa? De momento no encontraba nada que tuvieran en común. No había deudas, ni promesas incumplidas ni aplazadas. Desde que ella se casó, la amistad había chapaleado y muerto como un insecto cuando es rociado con insecticida. Y a ninguno le importó. De hecho, ella ni siquiera lo invitó a su boda; por fortuna para él, porque tampoco habría asistido. Es raro, pero hay amistades así, emocionantes y significativas en un día, pero irrelevantes a la siguiente mañana. Eso pensaba Eric cuando miró su reloj y supo que habían pasado quince minutos. «Ya debería estar aquí», pensó.

Era impaciente, odiaba esperar y lamentó haber aceptado aquel encuentro, después de tanto tiempo y casi nada en común. Sí, la impaciencia era uno de sus defectos, pero era mucho menor que su terrible defecto de la curiosidad, esa que le hacía quedarse y esperar otro rato.

Fue a la barra y pidió otra limonada de pepino.

–Con dos goticas de ron, por favor –dijo al mesero.

Eric echó una mirada general en el bar y notó que en la parte trasera había una galería con una exposición fotográfica. Tomó la limonada de pepino con dos goticas de ron y fue a mirar la exposición.

«¡Vaya sorpresa!», pensó al encontrarse con fotos de ciudades, calles, edificios… ¡y ventanas!, cientos de ventanas.

Miró cada foto. Cada calle, cada edificio, cada terraza y cada balcón. Apreció sus colores, sus formas. Y advirtió que las ventanas sobresalían en número. Había una intención deliberada del autor por enseñar ese montón de ventanas, algunas con gente, otras vacías. Algunas pertenecían a casas, otras a edificios, empresas y talleres.

Fue a leer la ficha técnica de la exposición y así decía: «Detrás de cada ventana».

Entonces aceptó el desafío que le hacían a su imaginación e intentó adivinar el tipo de vida que llevaban las personas que habitaban detrás de cada ventana.

Empezó con la fotografía de un pequeño apartamento amarillo que estaba en la terraza de un edificio y tenía dos ventanas redondas. «Allí vive un niño que ama mirar las estrellas, quiere ser astrónomo cuando grande y su abuelo le regaló un telescopio», pensó.

Vio una pared larga con muchas ventanas juntas y recordó a sus vecinos fisgones, acechando desde el otro lado de las paredes. Advirtió la silueta de lo que pareció una mujer y pensó que podía ser la vieja Telma. «Vieja metiche», pensó, y casi dejó salir una sonrisa, pero sus ojos tropezaron con aquella figura oscura y alargada detrás de una ventana con persiana azul. No supo por qué, pero esa figura le incomodó inmediatamente; le estorbaba. Quitó sus ojos de allí y vio que, junto a una pared y una ventana similar, algo caía en picada, una figura imposible de distinguir porque estaba borrosa y desenfocada. «Posiblemente sea un gallinazo que desciende por una rata que agonizó en la calle», pensó. Pero algo por dentro le dijo que no, que se trataba de un ser humano.

Escuchó su celular. Era Ágata.

–Tienes que disculparme, se me presentó algo –le dijo ella.

–No importa. Aquí sigo, en el Café Bocas, observando una interesante exposición de fotografía.

–Oh, eso suena bien. Sabía que encontrarías algo para hacer mientras tanto. La buena noticia es que ya estoy aquí.

–¿En qué sitio?

–Junto a la barra, observándote. Solo date la vuelta.

–Ah.

Eric volteó y la vio allí, sonriente.

–Sí, soy el mismo de antes y siempre encuentro algo para hacer –le dijo al acercarse.

–Me alegra tanto que seas el mismo… –respondió ella después de abrazarlo y besarlo en la mejilla.

Se situaron en la mesa donde él estuvo sentado antes, junto a la ventana. Pidieron dos cafés.

–Fue raro.

–¿Qué cosa?

–Recibir tu llamada después de tanto tiempo.

–¿Por qué dices eso? ¿No me extrañaste?

–Solo un poco –afirmó él con una sonrisa.

–Ah, qué malo –respondió ella con una mirada pícara y luego se puso seria–. Yo te he extrañado montones.

–Sabías que ibas a extrañarme, pero elegiste a Herrmann.

–Sí, es verdad, elegir una cosa también implica extrañar otras. Pero no quiero que lo menciones.

–¿Qué cosa?

–A Herrmann. No lo menciones.

–¿Por qué?

–Porque en estos momentos nos está observando.

–¿De qué hablas?

–Sí, nos observa y prefiero que no le demos el gusto de hablar de él.

–¿Nos observa?

–Mira el edificio, el quinto piso.

–Sí.

–La ventana con la luz apagada.

–¿La de persiana azul?

–Sí. ¿Ves a alguien ahí?

–Eso creo.

–Es Herrmann. Él sabía que venía a verte.

–¿Se lo dijiste?

–¡Seguro! Es que discutimos y yo le dije que me vería contigo.

–¿Entonces estás utilizándome?

–No. Bueno… tal vez. Disculpa. Solo quería fastidiarlo por haberme dejado sola. Pero en el fondo, creo que también quería verte porque fuiste la única persona que se me vino a la mente.

–Y ahora qué. ¿Se supone que debo sentirme halagado?

–Mírame.

–¿Qué?

–Te digo que levantes tu estúpida cara y me mires a los ojos.

–Ya está. Te estoy mirando. ¿Qué vas a decirme?

–Te siento tenso. Solo tranquilízate y mírame a los ojos durante un minuto, sin decir nada.

Él la miró y encontró un brillo inusual en sus ojos. No sabía qué significaba, pero sentía que no era amor. Tampoco era deseo. No era genialidad ni locura. Era un brillo agudo y vacío. Carecía de sentido, al menos para Eric, que había olvidado lo que sentía por ella.

Al cabo de un minuto hablaron de nuevo, del pasado, de la familia, de los amigos. Pidieron cocteles, se hizo de noche y el tiempo expiró.

–¿Me acompañas a mi apartamento?

–¡No! ¿Cómo dices eso? Allí está Herrmann.

–Él ya no está.

–Dijiste que estaba. Incluso lo vi.

–Eso fue hace mucho. Ya no está. Salió a trabajar.

–¿Bromeas?

–Herrmann trabaja de noche.

–No debería acompañarte. ¡Es una locura!

–¡Vamos!

–No debería, en serio.

–Vamos. No te arrepentirás.

Aquello sonó dulce en los oídos de Eric. ¿Hace cuánto no tenía sexo? Ya ni recordaba su última vez, y las palabras de ella sugerían golosinas.

–Digo, no debería, pero tengo este maldito defecto de la curiosidad.

–¿Entonces vamos?

–Tú ganas.

Lo tomó de gancho, entraron al edificio y abordaron el ascensor. Piso quinto. El apartamento estaba a oscuras. Ágata encendió la luz y Eric encontró que había ropa de hombre tirada por el suelo.

–¿En serio no hay nadie?

–Solo tú y yo.

–¿Puedo revisar?

–Sí.

El lugar tenía dos habitaciones. Eric se acercó a la primera, abrió la puerta e ingresó, mientras Ágata se ponía cómoda en el sofá marrón de la sala. Eric encontró que esa primera habitación servía de estudio. Allí reposaba una biblioteca con libros de psicología, una mesa con un computador, un par de cuadros en la pared con pinturas de árboles y algunas lámparas.

Pasó a revisar la segunda habitación. Allí había una cama, un clóset, una lámpara de piso y dos mesas de noche. Un inesperado brillo llamó su atención. Era una vela encendida con luz tenue, agónica, que iluminaba una fotografía de un hombre, el rostro de Herrmann.

Confundido, salió.

–¿Por qué tienes esa especie de altar?

Pálida, Ágata guardó silencio. Sus ojos se enlagunaron y pesadas lágrimas cayeron.

–Ey, dime qué pasa –exclamó Eric, con voz suave.

–Discúlpame por no decírtelo antes… –sollozó, llevándose las manos a la cara.

–¿Decirme qué?

–Herrmann está muerto.

–¿Muerto?

–Sí, hace un mes que lo enterramos.

–¡Carajo!

Ágata lloró más fuerte.

–Discúlpame –le dijo.

–No, está bien. Solo que ya no sé qué creer… pero eso me da una idea de lo mal que estás ahora.

–Sí, Eric, estoy mal –dijo ella mirando al suelo, luego levantó los ojos– ¿Puedes quedarte esta noche?

–Sí, seguro. Iré a tu habitación por una manta, luego entraré a la cocina y te serviré un té. ¿Tienes té?

–No, no tengo nada.

Tras traerle la manta, Eric entró a la cocina, revisó cajones y comprobó que no había nada.

–¿Hay tiendas cerca de aquí?

–Sí –respondió ella.

Eric ingresó al ascensor, salió del edificio y caminó dos manzanas, pensativo. ¿Cómo era posible que Herrmann estuviera muerto? Pero si hacía un rato ella dijo que estaba en la ventana. Y él lo vio. ¿Pero realmente lo vio? No estaba del todo seguro. De camino a la tienda halló una farmacia y una idea perversa chispeó en su mente. ¿Y qué tal si le doy un tranquilizante?, pensó; se lo merece, por querer jugar con mis nervios. Ingresó al lugar y pidió un somnífero en gotas. Luego pasó a la tienda y compró una caja de té de yerbabuena y un paquete de condones.

Tocó la puerta del apartamento. Ágata abrió enseguida. Se había calmado.

–¿Cómo te sientes ahora?

–Mejor… o al menos eso creo –respondió ella.

Ágata regresó al sofá marrón de la sala y él puso música, luego fue a la cocina a preparar el té. Sirvió para ambos. Sin que ella lo notara, le echó cuatro gotas de somnífero a la taza y se la entregó mientras preguntaba:

–Disculpa mi inquietud… pero no me has dicho qué le sucedió a Herrmann.

Ella dio un sorbo y comentó:

–Buen sabor. ¿De qué es?

–De yerbabuena.

–Me gusta –dijo, y volvió a tomar.

–¿Y?

–¿Qué?

–Dime, ¿de qué murió Herrmann?

–Ah, sí. Cayó por la ventana.

–¿Por dónde?

–La ventana.

–¿Cuál ventana?

–Esta que está aquí, detrás de nosotros.

–Fatal. ¿Y cómo fue eso?

–No sé. Creo que fue un suicidio.

–¿Tú no estabas?

–No. Yo venía de la tienda y vi gente reunida en torno al muerto. Cuando supe que era Herrmann, me dio un soponcio. Tuvieron que traerme cargada hasta el apartamento, me pusieron en este mismo sofá y una vecina me dio té. Fue una escena similar a esta. Después del té tuve sueño, así, como en este preciso instante…

Ágata fue quedándose dormida.

–Bueno, después de todo eres una afortunada –le dijo Eric sin que ella pudiera escucharle–, porque esta noche estoy aquí para cuidarte. De hecho, creo que me buscaste con la excusa de que te sentías sola. Que tenías depresión y alucinaciones para que yo sintiera lástima y me quedara esta noche. Bueno, aquí me tienes, Ágata, ya no necesitas una excusa.

Puso cerrojo a la puerta, corrió la manta que la cubría y empezó a desnudarla. Tocaba su piel tibia con la palma de las manos cuando escuchó que una llave ingresaba a la cerradura de la puerta y ésta giraba, pero sin poder abrirse, por causa del cerrojo.

Se quedó quieto y guardó silencio.

Sintió que intentaban de nuevo, sin éxito.

Entonces empezaron a tocar la puerta con fuerza. ¡Toc-toc-toc-toc-toc-toc-toc-toc-toc!

Era un sonido ensordecedor, pero Ágata no despertaba.

Tocaban más fuerte cada vez: ¡TAC-TAC-TAC-TAC-TAC-TAC-TAC-TAC-TAC!

–¿Quién es? –preguntó al fin.

–¡Herrmann! –le respondió una voz masculina, que luego inquirió–: ¿Y quién anda ahí?

Eric miró a todos lados, indeciso. Entonces se dirigió a la ventana de la sala. Observó hacia afuera y discernió que si salía sujetado de un bordo de la pared, podría llegar al balcón del apartamento contiguo, que parecía vacío. Allí podría esconderse. Los golpes en la puerta ahora sonaban furiosos. Parecía que intentaban derribarla a patadas.

Agarrado del marco de la ventana, Eric sacó primero una pierna, luego la otra, hasta quedar con el cuerpo afuera; con las yemas de los dedos intentó asirse a un borde de la pared. Dio un paso en el aire y resbaló.

Nota: En el 2018 este cuento fue finalista en el Concurso Nacional de Cuentos La Cueva.

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