Por: Róbinson Úsuga Henao
Yo no quería irme así, tirando la puerta. Pero papá empezó. Cuestionándome otra vez por querer vivir sola. Sola con mi gato. Sola con mis libros. Sola con los dibujos que atesoro. Al fin sola. No entendió mis razones: que no me estorbaba la familia, que no era por el control ni por la cantaleta, que solo quería ser autónoma y emprender mi propio camino, conservando de ellos el amor eterno.
Igual, no me alejaría demasiado: apenas un barrio más cerca de la salida del sol. Algunas tardes podría desviar mi rumbo en la bicicleta, volver a casa y compartir con ellos nuestro café de hogar. El que me enseñaron con canela y vainilla.
Mamá sí fue comprensiva. Me besó y me echó su bendición. Entendía que yo solo quería lo que ella nunca tuvo: un espacio propio para ser.
Papá, en cambio… discutimos y me fui dando un portazo. Eso fue anoche y hoy estuve triste. Sin apetito. Sin poder concentrarme del todo.
Ding-dong.
Llaman a la puerta. Es papá. Me asusta verlo, pero se ve tranquilo.
–Mira –dice, abriendo una caja–. Vas a necesitarla.
Papá hermoso. Me trae una cafetera.
Nota: En el 2021 este cuento resultó ganador del Primer Puesto del Concurso Nacional de Microrrelato e Ilustración de la Fundación Haceb, Categoría Adultos.